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Capítulo IX. Una frase que no diré más
Salgo de casa temprano, a eso de las once, y me dirijo feliz a mi lugar de destino: la asociación. No es que me espere nada, me espera alguien, y es lo que me importa, que alguien no se niega a verme, sino todo lo contrario, desea verme. Miro al cielo, que está totalmente despejado, y aunque no creo para nada en esas tonterías, imagino que es una buena señal, como si mi día fuera a ser un cielo totalmente despejado, bello y tranquilo; la verdad, espero que sea así, porque no sólo voy para pasar un rato, sino para que me explique algunas cosas de griego, que es lo que peor llevo, y claro, la selectividad está a la vuelta de la esquina… Llego al portal, pero esta vez me lo encuentro cerrado, con lo que toco en el telefonillo el piso de la asociación. -¿Sí? –responde desde el otro lado una voz femenina. -Soy Iván –respondo, esperando que sepa quién soy. -Ah hola Iván. Sube –la puerta se abre, y no me voy a quedar en la calle. Cierro el portal y subo por las escaleras, no de una forma rápida, pero tampoco con una lentitud pasmosa. Llego al piso, y me dirijo a la puerta en la que reza el cartel que informa de la asociación, y toco el timbre. Se escuchan dentro unos pasos, me atrevería a decir que son pasos de mujer. La puerta se abre y se ve que es Carla la que está dentro. -Hola Carla –saludo con una sonrisa. -Hola Iván, ¿qué tal? –pregunta haciéndose a un lado para dejarme pasar. -Bien, he venido a que Joan me explique unas cosas que no entiendo para selectividad. Y para salir un poco de mi casa, ya sabes… -explico dejando la maleta encima de la mesa. -Es verdad, dentro de nada los de segundo tenéis selectividad… Mucha suerte –me dice, coge su bolso y sale de la casa, con una pequeña sonrisa que no llego a entender por qué está en su cara. Cierro la puerta y me planto en el salón, porque no veo dónde está mi anfitrión, y no es plan de encontrármelo en la ducha, en bolas… Aunque la verdad, no es mala idea. -¿Joan? –pregunto alzando la voz un poco, para que me oiga. -Estoy en la cocina –se escucha. Sonrío al escuchar su voz, su voz tranquila, tan de ángel y al mismo tiempo de ser humano. Me encamino hacia el lugar de donde proviene el origen del sonido, y me lo encuentro entre harina, azúcar, leche, huevos y diferentes ingredientes y utensilios de cocina que no llego a identificar. -¿Qué haces? –pregunto sorprendido, apoyándome en la nevera, cruzando los brazos delante del pecho y mirándole. -Qué pasa, no puedo hacer lo que quiera en mi casa –dirige su mirada hacia la mía y alza una ceja, esperando una buena respuesta. -Claro, pero me gustaría saber si es un experimento y seré un conejillo de indias, o es algo que has hecho muchas veces y sabes que siempre te va a salir bien, aunque quepa la mínima posibilidad de que le eches algo de somnífero y me duermas para aprovecharte de mí –me río un poco al pensar en lo que he dicho. -Es algo que he hecho muchas veces, y eso del somnífero no se me había ocurrido, aunque puedo aplicarlo para la próxima vez que vengas, ¿te parece? -Ningún problema, pero no eches mucho, quiero enterarme de qué me haces –saco la lengua y me acerco a él, colocándome a su lado-. ¿Te puedo ayudar? -Sí… Coge de la nevera la mantequilla –hago caso como buen amigo y se la llevo. Coge un poco y con la mano, unta un poco en un molde, como si fuera ha hacer un bizcocho o una tarta. Después, vierte todo la masa semi-líquida que tiene en un bol, y al terminar, lo mete en el horno. Al abrirlo, se nota el calor que sale de su interior. -Listo –suelta y empieza a lavarse las manos en el fregadero. -¿Qué es lo que has hecho? –la curiosidad me puede, y si hace falta, soy capaz de probarlo así, sin cocer. -Una tarta. Después hay que echarle el chocolate por dentro y la nata por encima… Y claro, a eso sí que me ayudarás –saca la lengua y se ríe, secándose. -No sé, a lo mejor me vaya antes… -Venga, no seas malo… -Malo no, simplemente soy un joven estudiante que tiene que estudiar mucho para los exámenes que se le acercan… -Ah… Así que ahora te preocupas por tus exámenes, pero el otro día no… -Venga Joan, lo del otro día estuvo bien, nada más… No lo compliques todo, ¿vale? –eso que ha dicho me ha molestado un poco, así que salgo de la cocina y me dirijo hacia mi maleta para sacar las preguntas que le hice a mi padre, con las respuestas y con mis propias anotaciones. Me giro y le veo sentado en el sofá, aún con el delantal puesto. -Quítate eso, no hay nada más feo –no puedo evitar decírselo, porque es feo con ganas. -Como mande el señor –se lo quita sin levantarse, dando ha denotar que es más vago que los caracoles. -Mucho mejor. Y ahora, lee esto, por favor –le tiendo el papel, lo mira, me mira, lo vuelve a mirar y me mira por segunda vez, aunque ahora no dirige la mirada de nuevo hacia el papel. -¿Qué es? -Unas preguntas que le hice a mi padre. Me inventé que era un trabajo del instituto para que las respondiera, no podía hacérselas sin tener un buen pretexto. Creo que no se dio cuenta, porque a más de una pregunta le di toda la razón, así que se tragó totalmente que pienso lo mismo que él, pero le sorprendería saber la verdad. -Me estás asustando… ¿Qué es? -Léelo, no es nada grave. Yo voy a dar una vuelta por la casa –no espero ninguna respuesta, y enfilo el pasillo donde se encuentran las diferentes puertas que llevan a las diferentes estancias, y que obviamente, no voy ha abrir por si hay alguien, aunque me pica a mi que estamos solos, y no sé si sentirme bien por eso o algo alterado, porque puede que haya sido algo deliberado por parte de Joan haberle dicho a la gente que no viniera. Me dirijo al final y bajo la escalerilla que lleva al piso de arriba, subo y observo todo los utensilios que tienen: papel continuo, pinturas, pinceles, sprays, algunos palos para levantar las pancartas, más pintura, un equipo de música para “amenizar” el trabajo, supongo, y seguro que aquí se montan alguna que otra fiesta, apostaría mi… mi… mi lápiz de dibujar. Sonrío ante mi propio pensamiento y bajo, subiendo la escalera después con algo de esfuerzo; vuelvo al salón y me lo encuentro aún leyendo. No digo nada, me siento a su lado y espero a que comente, a que rompa el papel, o cualquier otra, pero la verdad, me gustaría que se lo tomara como una forma de ser sincero con él, para que vea cómo es mi vida realmente, y si llega a leer entre líneas, que entienda que cuando empiece la universidad me gustaría venir a vivir con él. -Lo siento… -dice de golpe, apartando a un lado el papel. -¿Por? Es mi vida… -no sé por qué respondo de esa manera tan defensiva, pero lo hago. Puede ser por que no quiero que nadie sienta pena por mi persona. -Sí, es tu vida, pero ahora yo pertenezco a ella, somos amigos, y no sabía que lo pasabas así… Creía que mi padre había sido extremista, pero ahora veo que hay gente que lo ha pasado peor… -¿Cómo te trató tu padre? –necesito saber cómo ha sido la vida de alguien que ha pasado por lo mismo que yo, aunque para saber eso, me valdría también las respuestas de un amigo, un buen amigo con el que ya llevo dos semanas sin salir. -Cuando lo dije, hace ya tres años, estaba a punto de entrar en la universidad, y ya sabía que vendría a vivir aquí con unos amigos. El mismo día que terminé las maletas, las cogí, bajé al salón y se lo dije, tanto a mi madre como a mi padre. Me echó de casa. No quiso saber nada de mí durante meses, sólo sabía de él por mi madre, hasta que tuvo un accidente, y estuvo hospitalizado, los primeros cinco días en coma. No me separé ninguno de los días de su lado, y cuando despertó estábamos mi madre y yo. Me aparté. Seguramente no quisiera verme, pero cuando se enteró de que había estado unos días en coma, me preguntó si había estado a su lado. Le dije que sí. Me sonrío y me pidió perdón –para un momento, como si el hecho de recordarlo le doliera, pero coge aire y continua-. Volvimos poco a poco a la relación que teníamos antes. Ya no se preocupa de que sea gay, aunque aún no me deja llevar compañía a casa. De todos modos –sonríe y me mira-, no tengo a nadie a quien llevar. Me quedo sorprendido ante todo lo que suelta. Creía que lo mío era difícil, pero lo suyo es más o menos igual, menos por el accidente. No creo que mi padre tenga que entrar en coma para que se solucionen las cosas; no se lo voy a contar, no podré soportar su reacción, y mucho menos si me echa de casa, de la casa que me ha visto crecer y que en parte él ha hecho tanto para mí como para mi hermana. -Lo siento mucho Joan… -miro al suelo, uniendo las manos. -Tranquilo, tengo una relación normal, lo único es que durante un tiempo no podré llevar a mi pareja si llego a enamorarme. -Pero no entiendo como los padres son capaces de echar a sus propios hijos al saber que son gays… Ellos nos han dado la vida, y no influye para nada en nuestra forma de ser el que seamos homosexuales o no… -Iván –me corta para que no siga-, no tienes que buscarle una explicación. Han crecido en otro tiempo, un periodo de posguerra en el que lo nuestro se veía mal, incluso se consideraba enfermedad. No les resulta fácil encontrarse con que todo aquello que le dijeron que estaba mal y era enfermizo, y que ellos creyeron que nunca les tocaría de cerca, lo tienen ahora delante de sus narices. Intenta entenderles… -Vale, muy bien, hasta ahí puedo entenderlo. ¿Y eso de que contaminamos a la sociedad y que deberíamos de vivir lo más alejado posible? No me pidas que quiera vivir con ese argumento, por favor… -Te lo pido, porque es por el mismo motivo. No saben lo que es, le tienen miedo, temen que les toque de cerca, por eso dicen esas cosas. -Pero… Es que no puedo entenderlo… -subo las piernas al sofá, y las rodeo con mis brazos, apoyando el mentón en las rodillas, con la mirada perdida en algún punto del suelo. -No tienes por qué. Aprende a convivir con ello, y cuando te veas preparado para decirlo, dilo, no te lo calles más. Se convertirá en una bomba, y lo dirás de la forma menos agradable. Intenta decirlo cuando estéis en vuestro mejor momento… -Muchas gracias Joan… Eres todo un amigo… -sonrío un poco, aunque no le miro. -Nada, para eso estamos… Y ahora, para lo que viniste… Al lío con Jenofonte. -¿Jenofonte? Y los demás, que puede caer cualquiera… -No, será Jenofonte. Os hacen estudiar los demás para que vagueéis, pero siempre cae Jenofonte. Nos lo dijeron en primero de carrera, en latín puede caer cualquier de los cinco que os dan a estudiar, pero en griego siempre cae Jenofonte. Así que a estudiar –se levanta, se estira, y es cuando me doy cuenta de que sólo lleva el boxer y la camiseta de manga corta; no puedo evitar fijar la mirada donde la fijo. Parece que se da cuenta, porque baja los brazos, me mira a los ojos y sonríe. Como tonto no soy, me levanto y me planto delante de él, mordiéndome el labio. -Ha estudiar –suelto y me giro, pero me retiene con rapidez por la cintura, me gira y planta sus labios sobre los míos. No se lo niego. Me pongo de puntillas para llegar mejor, rodeando su cintura y correspondiéndole. Cuando quiero darme cuenta, estamos en su habitación, cayendo sobre la cama, con nuestros labios debatiéndose en un fiero combate para ver quién gana a los otros en lentitud y dulzura.
Empiezo ha hacer circulitos en su pecho de dios griego al rato de despertarme, mirando a la pared, con una felicidad que no me cabe dentro; los circulitos son pequeños, concéntricos e hipnóticos. Juraría que llevamos unas cuantas horas dormidos, y más aún contando el rato que llevo despierto y haciéndole esas carantoñas. De golpe siento en mi espalda su mano, que también hace pequeñas figuras inconexas, y que hacen que me de un pequeño escalofrío, pero es bastante agradable al estar a su lado. Le miro y veo que tiene los ojos abiertos, dirigidos hacia mi persona. -¿Cuánto llevamos aquí? –es lo primero que se me viene, porque tenemos que estudiar, y la verdad, si queda poco tiempo antes de que me vaya, prefiero aprovecharlo al máximo, por muy bien que se esté entre sus brazos, pegado a su cuerpo. Gira la cabeza para mirar el reloj. -Son las dos… -susurra suavemente con una sonrisa. -Aún nos queda tiempo –sentencio y ruedo sobre la cama, quedando bocabajo; siento como se mueve y se sube encima mía, empezando un recorrido que no veo pero siento en mi espalda producido por sus delicadas manos. Trabajan a la perfección, sin hacer daño, tocando en los puntos que hacen que más me relajan, y me sorprendo de ello, de que los conozca tan bien, aunque no he de extrañarme demasiado… Va subiendo por la espalda, llegando a los hombros y al cuello, con una suavidad que ya no creía posible tras todo éste tiempo con él, pero sí, aún puede encontrarse, y seguro que si se lo propone, puede darlo mucho más suave. Cierro los ojos, dejándome llevar, tanto por sus caricias como por los besos que empieza a dar por mi cuello, sin más, pero la verdad, me encanta; me encanta sentirme así, querido por alguien de una tan espontánea y no predeterminada. El hecho de que sea así, surgido de una manera espontánea le da un toque especial, muy especial. -Ahora me toca dártelo yo, ¿no? –susurro, porque la voz no me sale más fuerte. SI hubiera seguido un rato más, seguro que me hubiera dormido. -Como quieras… -dice en mi oído de una manera sutil, y besa mi cuello de nuevo antes de separarse y tumbarse. Me muevo y me incorporo para subirme sobre él, pero veo de golpe que tiene unas cicatrices en la espalda: algunas de ellas ya cerradas, pero una parece que tiene unas dos semanas, porque aún está un poco hinchada. -¿Qué te ha pasado? –pregunto asustado. -De las manifestaciones… Algunos radicales se aburren y ya ves, hay que luchar por nuestros derechos… -¡¿Y por qué tienes que pelearte, no puedes correr y ponerte a cubierto?! –ni que fuera un tiroteo… -Iván… No me pidas, nunca, que no luche por nuestros derechos –me mira con unos furiosos, pero al mismo están cargado de una responsabilidad enorme. -No es que no luches… Es que no te involucres en las peleas… Me importas mucho, has entrado en mi vida de una forma brutal y directa, y te voy a engañar, me importas demasiado, aunque sea pronto decirlo, y no quiero perderte… Por favor… Me mira a los ojos, ya no con furia, sino con culpa, y un extraño sentimiento que no llego a ponerle nombre, pero el hecho de sentirlo hace que me estremezca, pero no de susto, sino de halago. -Vamos a estudiar –no espera ninguna respuesta por mi parte, se levanta y se pone algo de ropa. Me quedo sorprendido, pero hago lo mismo, me pongo sólo la camiseta y la ropa interior, y salimos al salón; nos sentamos en la mesa, y saco de la maleta los apuntes de Jenofonte. Empieza a explicármelo, pero no presto atención, porque le estoy dando vueltas a lo que ha pasado en apenas unos minutos, no más de tres, y cómo ahora ha cambiado el panorama de un punto bueno a uno totalmente contrario. Me atrevería a decir que se ha enfadado, pero no entiendo el motivo, por decirle que no se implique tanto, o que por lo menos, intente no entrar en las peleas. Seguro que si ahora pudiera leerme la mente, me mataría, porque se está dejando la piel, y yo estoy asintiendo como un autómata, pero no entiendo nada, sólo escucho palabras, y eso cuando las escuchos, porque la mayoría del tiempo simplemente escucho mis pensamientos y los latidos del corazón. Estamos así toda la tarde, y cuando veo que ya es tarde, cierro el libro. -Yo me voy ya –digo de una forma tan burda, porque podría haberlo dicho con otras palabras; así parece que no estoy cómodo, cuando es todo lo contrario, por mucho que haya pasado. -Como quieras –se levanta y trae la ropa que he dejado en el dormitorio. Me sorprendo por su gesto, pero me callo, me visto y recojo mis cosas. Me voy a la puerta y le miro. -Bueno, adiós… -me duele decirlo, pero no volveré más, al menos hasta que pase un tiempo. -¿Por qué adiós? –coge mi mano. -¿Me preguntas por qué? ¿No te vale el trato que has tenido conmigo? –me zafo de su mano y le miro a los ojos, dolido. -Entiéndeme, me has pedido que no me implique en algo que llevo implicándome casi desde los diecisiete años. Son heridas de guerra, pero de una guerra que casi tenemos ganada. -¿Pero eso es motivo para tratarme como me has tratado? –no me vale lo que ha dicho, necesito algo más, algo que realmente me revuelva los sentimientos. -No, no es motivo, pero he estado pensando… Has dicho que ya estoy metido en tu vida, y lo mismo estás tú en la mía; ya perteneces a ella como uno más, como si lleváramos años hablando y siendo amigos… -Dónde quieres llegar –le paro. -He estado dándole vueltas… Y… ¿Quieres salir conmigo? –me mira con una pequeña sonrisa. Le miro a los ojos, ya no con furia e indignación, sino más bien con sorpresa, con una sorpresa que según los sucesos anteriores, no podría tener hoy. -¿Salir… tú y yo? -Claro… ¿Te gustaría? –insiste. Bajo la mirada, y pienso rápido. … No, no puedo. No sólo me gusta él, también me gusta alguien más, y siento lo mismo por los dos. Siento un cariño enorme por ambas personas, me atrevería a decir que las quiero un poco, pero no puedo decidirme, sería como traicionar a la otra persona; sería como clavarle un puñal en la espalda. Además, sólo somos amigos. -Lo siento Joan, pero… -No digas nada. Piénsatelo, y me lo dices la semana que viene, ¿vale? –parece que no quiere escuchar la negativa, porque me corta antes de que diga nada. -Vale… -sonrío levemente y besa mi frente. Salgo de la casa, pensando en todo, en la maldita frase, en una frase que nunca antes había dicho, y que en nada de tiempo, en un suspiro, la he dicho más veces de las necesarias, más veces de las que debería. Sólo somos amigos… Estúpida frase… -Lo juro, no volveré a decirla más –me prometo a mí mismo en voz alta, como si el aire fuera un testigo que fuera a culparme si la digo alguna vez más.
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Cuéntame un cuento que me haga creer Que todos los sueños no son de papel
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